Nunca he sido partidario del maltrato animal; de hecho, no creo que nadie en su sano juicio lo sea. Aunque a veces, como si fuera un Dr. Jekyll y Mr. Hyde particular, muestro mi lado más oscuro. Reconozco que hubo un día en que deseé la ejecución de un animal, aunque nunca pasó de ser un mero deseo.
Hace ya un tiempo, apareció en el patio de mi casa —bueno, llamar "casa" a ese antro insalubre que había alquilado por aquel entonces es casi mentir, pero esa es otra historia— una gata.
La mencionada inquilina, aquel habitante ciertamente inesperado, había llegado con la intención de quedarse.
Comenzó a rasgar la bolsa de basura y a robar los restos de comida que había dentro. Acto seguido, el dueño llevaba restos de comida de otras casas y los metía en mi patio, dejando todo hecho un desastre. Mis intentos por ahuyentarla no fueron nada productivos y la astuta gata seguía campando a sus anchas; por más que intentaba echarla, se escondía entre las hierbas y plantas del patio (que, después de no cuidarlas en todo el invierno, medían un palmo y medio de alto). El pasado sábado, 24 de abril, decidí cortar las malas hierbas y limpiar el patio con el fin de quitarle su escondite (además, también me vi obligado a meter el cubo de basura para que el animal no pudiera acceder). Mientras cortaba las hierbas y, en un descuido en que había dejado abierta la puerta de la cocina... ¡la gata se coló dentro de la casa! Y venga a buscar a la gata... y venga a buscar a la gata... y no la encontré, así que deduje que, así como había entrado, también había salido... nada más lejos de la realidad.
Me estaba preparando para hacer acto de presencia en un evento en Ciutadella a las 23:00 h. Me afeité, me duché y, para ir más arreglado, me puse las lentillas. De repente, el ojo izquierdo comenzó a llorar, a llorar sin parar y a ponerse bien rojo. Mi viaje a Ciutadella fue de ida y vuelta, ya que nada más llegar, el ojo parecía el del hombre elefante y partí rápido a urgencias de la clínica Virgen de Gracia en Mahón (sí, conduje tuerto de Ciutadella a Mahón). Allí me diagnosticaron una conjuntivitis fuerte porque, al parecer, la lentilla estaba en mal estado y me dijeron que estaría unos días sin ver con claridad. Poco a poco y medio ciego, partí de camino a casa (fui a pie, ya no quería conducir más con un solo ojo) y, en eso que uno de mis pies se empezó a hinchar (¡Y AHORA QUÉ PASA!).
Cuando entré en casa a las 2:00 de la madrugada, ¿a quién me encontré sentado en el sofá? ¡A la gata!
Ahí estaba yo, medio ciego, medio cojo y con una marejada del 15, persiguiendo a una gata por la casa a las 2:00 de la madrugada. Al final, la gata volvió al patio (hace dos días que ya no la veo), el pie tuvo un muy oportuno ataque de ácido úrico que me duró 5 días y el ojo, en 4 días y con muchas gotas, se desinflamó. ¡Pero qué sábado por la tarde! ¡Para no olvidar!

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